Érase una vez una mujer que tenía el superpoder de convertir el vino en vinagre
Y no solo eso. También era capaz de marchitar las plantas cuando las tocaba y de separar el huevo crudo del aceite cuando hacia mayonesa.
Sin embargo, tan solo disponía de estas peculiares habilidades una vez al mes.
Durante los cuatro o cinco días en los que solía contar con sus nuevas capacidades el ritual era siempre el mismo: no las mencionaba o se andaba con rodeos para referirse a ellas, no se mojaba la cabeza para no volverse loca y no se acercaba a ningún animal para no ser atacada. Así hasta el mes siguiente.
Un buen día, estando de vacaciones en el noreste de Francia, aprovechó para visitar la bodega del coqueto hotel rural en el que se alojaba. Pasó la mañana probando los vinos directamente de la barrica, paseando entre los viñedos y aprendiendo a distinguir los distintos tipos de cepas en función de sus hojas. La anfitriona, quien no solo sabía hacer vino sino que además cocinaba como los ángeles, le ofreció el que, según ella, era el mejor remedio para las tormentas veraniegas en el preciso instante el que unos nubarrones negros descargaron de repente toda el agua que llevaban y las dejaron empapadas. A ellas y a las gallinas que campaban a sus anchas entre sus pies y las viñas.
Fue mientras entraba en calor ayudando a preparar una rica mayonesa para acompañar a los huevos duros camperos que comerían ese mediodía, cuando la niña de la casa le advirtió de que ese mes sus superpoderes habían aparecido antes de lo previsto.
—Yo también soy una superhéroe desde que cumplí los trece la semana pasada —le dijo con toda la naturalidad del mundo.
—¿Ah sí? ¿y por qué das por hecho que yo lo soy?
—Es obvio. Llevas el pantalón manchado y eso solo significa que justo hoy tienes la suerte de tener el olfato mucho más sensible para poder apreciar los vinos de mi madre.
—No, no… si yo no sé de vinos… a mi lo que me ocurre es que… —trató de explicarse avergonzada la mujer con superpoderes.
—¡Parece que hayas estado escuchando los cuentos de mi abuela! —exclamó riendo la niña—. Se sabe un montón de historias, que para nada me creo, y las que más le gustan son siempre las que hablan de vinos.
Cuentos de hadas que te habrán contado:
«¿El señor ha elegido ya el vino?»
«Los tintos potentes son vinos masculinos»
«Los blancos empalagosos y los rosados dulzones son vinos femeninos»
«Ellas aguantan peor el alcohol»
«Las mujeres prefieren vinos afrutaditos»
«Él es el bodeguero y su mujer es quien que le ayuda»
«Mírala, ¡cómo se ha dejado desde que trabaja en la viña!»
«No es de chicas llevar un tractor»
«Jefa, déjeme cargar esa caja de uva/de botellas que se va a hacer daño»
«¿Le importaría avisar a su responsable para que me aconseje un vino, señorita?»
«¡Qué gracia que seas una mujer que se dedica al vino!»
«¿Y a su chico no le importa que el vino lo escoja ella?»
«Que abra él la botella, que ella no sabe…»
«¿Probará el vino el señor?»
Hay tantos mitos del mundo del vino que aun permanecen en el imaginario colectivo que, para desterrarlos, es necesario leer sin moderación.
Cuentos y guías donde son ellas las que se van de vinos, las que los eligen y las que los disfrutan pero también escapadas en las que la realidad supera la ficción.
Siempre nos quedará París.
Y amarás recordarla de la mano de una anfitriona con la que el día empieza disfrutando de un croissant y se termina saboreando un champagne. Porque los cuentos en el París de las maravillas y en el país de las mantequillas acaban siempre en una mesa en la que hadas y brujas beben vinos:
«Y con un par de narices, ellas bebieron felices»
Mujeres cuya sensibilidad es un superpoder y por eso saben mucho más de vinos de lo que se creen.
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