Venusmente
Desde el País de los Vinos Maravillosos
“Tenaz, rebelde, briosa y fuerte, cuando comenzó en el negocio del vino «actuaba como un hombre, ¡hasta fumaba puros», cuenta Sara Pérez ahora con su sonrisa contagiosa. Parecía una amazona. Nadie podía con ella. Era un torbellino de una fuerza capaz de asumir todos los retos posibles, de atreverse a alcanzar cualquier sueño por imposible que pareciera.”
Tras las viñas: Un viaje al alma de los vinos
El viento sopla suave, la brisa es refrescante, la espuma baila sobre las olas del mar y una enorme concha, en la que se halla una bella Venus desnuda, se dirige hacia la orilla donde otra mujer la espera para cubrirla.
Si la escena siguiese en la playa con las dos estiradas en la toalla brindando con un par de botellines de cerveza, podrías pensar que voy a hablarte del recién estrenado anuncio del verano.
Pero no, en este caso la historia continua de una forma mejor.
Bebiendo vinos. Los mediterráneos, frescos y llenos de luz que nacen en Venus La Universal, la bodega cuyo nombre se inspiró en la obra maestra de Botticelli expuesta en la Galería de los Uffizi.
Hace 26 años que, durante un viaje de viticultores al Piemonte y a la Toscana, una emocionada Sara Pérez supo ante El Nacimiento de Venus que su proyecto de búsqueda de la belleza se llamaría como la diosa romana del amor, la fertilidad y la belleza.
La mujer que asegura que si no elaborase vino sería comadrona, porque le parece que es lo más cercano a seguir haciendo lo que hace, resulta que ha dado a luz a vinos de una sensibilidad divina.
Fue con uvas de syrah y cariñena de viejas viñas del Montsant —la denominación de origen que abraza al Priorat— con las que Sara alumbró en 1999 a su primer Venus.
La seducción y el misterio de esa primera añada siguen presentes en cada botella de Venus. También en sus vinos de parcela. En el Venus de la Figuera, su tinto de garnacha de viñedos de altura del pueblo de la Figuera, o en el Venus de Cartoixà, su blanco mediterráneo de guarda, que mano a mano hacen ella y su compañero de vida y partner in wine, René Barbier.
A diferencia de las creaciones de sus padres, Josep Lluís Pérez y René Barbier —padre—, en Clos Martinet y Clos Mogador respectivamente, Sara y René apostaron por las antiguas variedades mediterráneas. Uvas que ofrecen vinos de una impresionante capacidad de guarda.
No obstante la duda, sobrevolándoles constantemente como había sucedido en el Priorat, a los vinos del Montsant le sientan más que bien los años de envejecimiento.
«Venimos de los grandes reservas de La Rioja, de aquellos vinos más evolucionados, y pasamos a los vinos de “¡ja,ja!”. Y ahora no sabemos volver la vista atrás, coger una botella de hace treinta años, abrirla y decir: “¡Vaya!”. La gente te dice es que no tiene esa fruta, que no tiene aquel no sé qué, que el vino está hecho polvo, pero ¡no está hecho polvo! Durante los primeros siete, ocho o diez años de una botella de vino se nota mucho la vinificación, están presentes todas tus decisiones. Pero pasado ese tiempo, entonces ya… Si esa viña está encima de una tierra con vocación de grandes vinos, sale uno terrero. Pero es fantástico porque es como una forma de perdón. Te puedes equivocar mucho al hacer vino, pero si esperas doce años ya no conserva casi nada de ti. Para mí es importante esto, porque entonces aflora casi puro Priorat, sale lo que hay detrás, sale el lugar donde ha estado plantado.»
Del amor de Sara por las añadas antiguas, surgió la necesidad de disponer de un lugar donde estas pudiesen reposar en calma y madurar durante décadas.
En la provincia de Tarragona, en la carretera que une Falset con Gratallops, se ubica Mas Martinet y también esa despensa de vinos de guarda de la ella tiene las llaves. Una cueva de tesoros que evita que los vinos recién hechos salgan al mercado sin haberse afinado lo suficiente y que le permite volver a implantar la costumbre de beberlos cuando han alcanzado su mejor momento gracias a la pátina del tiempo.
No solo embotelladas están las joyas que la guardiana del patrimonio líquido del Mediterráneo vigila con cariño.
La joya de la corona de las casas del Priorat era la bota del rincón. Esa que, aún habiéndose quedado arrinconada contenía el vino de las grandes ocasiones con el que se agasajaba a los invitados.
La “bota padrina”, o del rincón, que Sara ha recuperado, es la solera con la que elabora su vino rancio. El vino que se ponía en la mesa en fiestas y verbenas perpetuando la tradición de compartirlo entre generaciones. El que acompañaba desde un pan con tomate con anchoas hasta una coca de San Juan y el que se saboreaba sin prisas contemplando la puesta de sol frente a un mar de viñedos.
Puede que rancio no sea el nombre más sexy del mundo. Sin embargo, el alma de Venus se está ocupando de sacar a la luz su preciado legado. Esa manera de vivir a la que el vino rancio, a fin de cuentas, siempre ha estado unido.
Salut!
Cris
Los vinos de guarda que sujeta Sara en la fotografía, los puedes encontrar aquí:


