¡Pop!
20 chispeantes placeres para celebrar la vida
He vuelto a irme a la francesa, lo sé.
Bueno, no del todo.
A pesar de no haber mandado ninguna carta para despedirme, sí que he ido escribiendo notas fugaces para saciar esa sed de historias del vino que tanto me caracteriza.
De hecho, este fue el pequeño aperitivo que dejé por aquí el 14 de julio para ir abriendo el apetito por las joyas de la Corona de la nueva despensa real.
Esa en la que este verano he puesto orden:
Hoy, por fin, celebro —con fuegos artificiales dignos del Palacio de Versalles— que ya puedes aprovisionarte en ella, aquí.
Como lo haría Luis XVI pero también María Antonieta.
Aquella bonne vivante a la que se le atribuye lo de:
«Si no tienen pan, que coman pasteles»
Resulta que jamás pronunció tales palabras y raro me parece que nunca se le haya achacado una variante tipo:
«Si no tienen agua, que beban champagne»
En estos sofocantes y revolucionados días en los que se conmemora el vigésimo aniversario de la ya película de culto, María Antonieta de Sofía Coppola, es refrescante rendir homenaje a la mujer que luchaba contra la seriedad y el aburrimiento palaciego bebiendo burbujas.
A la joven que, copa en mano, festejaba su cumpleaños hasta el amanecer con Ceremony de New Order sonando de fondo.
Y a la reina disfrutona que la leyenda se ha encargado de ensombrecer.
No obstante, María Antonieta siempre encontró una buena excusa para celebrar la vida.
Yo he encontrado veinte placenteras excusas para que la celebres con champagne:
El buen rollo que da escuchar el ¡Pop! de un descorche.
Una copa champagne para acompañar al croissant de un tardío desayuno de domingo.
El olor y el sabor de mantequilla de un antiguo blanc de blancs.
Contemplar el baile de las burbujas en la copa como si se tratase de la coreografía de un equipo de natación sincronizada vestido con maillots y gorros dorados.
Mojarse la frente con el champagne de una copa derramada o empaparse al descorchar una botella que todavía no se ha enfriado lo suficiente.
Comer con champagne y que las burbujas den hambre.
El brillo en la mirada que aparece al brindar con espumosos.
El cosquilleo que provoca el gas carbónico al meter la nariz en una copa recién servida.
La sonrisa que arranca cada chispeante sorbo.
Encontrar una botella de Marie-Noëlle Ledru en la tienda del caviste de un pueblecito perdido en la Bretaña o toparse con un Initial de Selosse a precio de caviste en la carta de vinos de un restaurante.
Que un champagne recuerde a un jerez.
Decir ¡champagne! al recibir una buena noticia y abrir una botella para celebrarlo.
Que tu suegra repita que, a su edad, ella ya solo bebería champagne mientras que no deja de reunirse con las amigas a media mañana en una terraza para charlar sin soltar la copa.
Las ganas de tomar champagne después de releer Pétronille de Amélie Nothomb.
Probar champagnes a ciegas los viernes.
Que al decir «champagne francés» se quiten puntos del carnet.
Anchoas con champagne.
Saborear un Dom Pérignon Rosé con años en la Riedel Sommeliers Burgundy Grand Cru.
Perderse tanto en la Champagne como en la carta de champagnes del Glue Pot.
Pensar que aquello de «Champagne is always a good idea» podría ser un buen epitafio.
Santé!
Cris
Cumplir 20 veranos merece celebrarlo.
Sacar del horno la nueva tienda online de vinos vintage de Vinotellers es, por supuesto, digno de un buen descorche.
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